Cristo en los basureros de Asunción (Paraguay)

06.07.2013 11:36

Cristo en los basureros de Asunción (Paraguay)


por María del Puerto Fernández, ss.cc.

 

Las hermanas de los Sagrados Corazones viven en una humilde casa en el Bañado, Sur de Asunción (Paraguay). Es una zona inundable, cosa que suele suceder cada dos o tres años. El barrio se encuentra al lado de la Laguna Cateura que es el vertedero de basuras de la ciudad de Asunción y otras vecinas. Muchos de sus habitantes viven de rebuscar en la basura y eso hace que el basurero se extienda y tome en cierta medida el barrio. Sus calles son una mezcla de tierra y plásticos, sus casas muy sencillas y sometidas a un gran deterioro por las constantes inundaciones.

Las hermanas viven en pleno barrio en una casa al estilo del barrio. Es una pastoral de inserción por lo que trabajan con las organizaciones eclesiales y barriales en busca de una promoción de las personas. Son gente muy golpeada, que necesita volver a creer que son capaces de algo, de salir adelante.

Los trabajos son muy variados desde catequesis, pastoral juvenil, promoción de la mujer, radio comunitaria, pastoral de adicción, etc. En el mismo barrio hay una comunidad de Jesuitas con los que llevan adelante el proyecto. Algunos hermanos de la Congregación también colaboran en algún aspecto de esta difícil realidad.

Si quieres más información sobre la Congregación en Paraguay, puedes acceder a la página web de nuestra familia religiosa en dicho país.

En el artículo que os ofrecemos, tomado del boletín de las Hermanas de los Sagrados Corazones de la Provincia de España, la Hna. María del Puerto Fernández ss.cc., nos hace llegar un eco de lo que viven allá por el Bañado. Dejémonos afectar por la cercanía que expresa María del Puerto con los preferidos de Jesús. Realmente es un testimonio que se convierte en Buena Noticia para todos nosotros. Noticias de las que no aparecen ni en periódicos ni en televisiones, pero que son las únicas que llenan de esperanza el corazón de los hombres.

 


Desde hace más de tres años, en la parada de los autobuses, la más próxima al Bañado, siempre me tropezaba con el señor Damasio, un hombre mayor que vivía en medio de la calle y dormía tapado con una manta. En verano e invierno era lo mismo. Se le veía enfermo y esperando que alguien le diera una monedita o un pedazo de mandioca. ¡Daba lástima!

Un día me acerqué a él, y me contó que su esposa había muerto, y que del campo se vino a la capital, y que no tenía familia. Su mirada era de sufrimiento y soledad. Los piojos que yo veía correr por su cabeza y por su cuerpo, eran sus compañeros, Yo le prometí que buscaría un lugar para él, y se puso muy contento.

Fue pasando el tiempo. Busqué algún hogar del Estado, y al no darme respuesta rápida, dejé pasar los días, pero cada vez que lo recordaba, que era muchas veces, el Señor golpeaba mi corazón. Hasta que un hermosísimo día, llega a nuestra casa uno de los jóvenes estudiantes de los Jesuitas y nos cuenta angustiado: "El abuelo que duerme en la parada de los autobuses está lleno de gusanos dentro de su piel". En ese momento sentí de nuevo l a voz del Señor: "Te necesito: estoy lleno de gusanos". Mi corazón se ensanchó y le dije al jesuita: "Enrique, vamos a hora mismo". Nos fuimos corriendo -aquí se dice "a toda bala"- y lo que vi me hizo llorar. ¡Su cuerpo estaba lleno de gusanos negros". Recordé al P. Damián. Éste no era un Jesús leproso: era un Jesús agusanado.

Lo llevamos al Hospital. Los doctores y enfermeras se impresionaron al verlo en ese estado, y con mucho interés comenzaron su tratamiento, pero a los dos días, el hospital se declara en huelga por no tener medicamentos, y nos avisan que tenemos que retirarlo. Enrique y yo volvimos muy tristes al Bañado, pero con mucha confianza en el Señor. En mi corazón no cesaba de repetir: "Jesús, a tu Corazón confío a Damasio".

Y efectivamente, al llegar al Bañado, al momento se nos presenta la señora Chana, muy pobre, pero de sentimientos muy cristianos. Ella vive sola, y tiene bastantes achaques, pero estos no le impiden ayudar al prójimo. Nos dice: "Yo tengo un cuartito. No tiene cama, pero si conseguimos una, se puede cargar y le ayudaremos". A ella se unieron otras personas que cada día lo bañaban y procuraban quitarle los gusanos, y un joven le llevaba comida del comedor popular que tenemos en la Capellanía.

El señor Damasio cada día iba mejorando, y ya podía caminar un poco. Rezábamos juntos, y al terminar me decía: "Muchas gracias, hermana. ¿Me puede dar un cigarrillo?". Naturalmente que me iba y le compraba una cajetilla. Nunca me pidió un vaso de vino, y eso que, al parecer, le gustaba mucho. Y así sucedió que un día se nos escapó... Le buscábamos y no lográbamos dar con él...

Al día siguiente me fui al barrio, que se llama Caacupemí, en recuerdo de la Virgen de Caacupé, donde cada semana tenemos un encuentro de oración y reflexión bíblica. Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar, me dice la gente: "Un anciano lleno de gusanos ha aparecido aquí no sabemos dónde vive. Le hemos dado comida, y para dormir le hemos pasado una almohada". Rápidamente me fui donde él. Estaba tranquilo al verme. Le pregunté si quería venir, y me dijo que sí.

Como le costaba mucho caminar, fui a buscar un carro de caballos que abundan mucho, pues es su medio para traer lo que encuentran en el basural. En ese momento el dueño estaba jugando al fútbol. Lo llamé y le conté. No le gustó mucho la idea de dejar el partido, y con la cabeza me decía: "¡No!". Entonces le dije: "Mira lo que nos dice Jesús cuando nos llegue la muerte: 'Tenía hambre y me diste de comer... Tenía gusanos y me llevaste en el carro'...". No sé si muy convencido, pero llamó a otro joven y lo subieron al carro. Llegamos a la casa y bajamos a Damasio, y me dijeron: "Ya sabe, hermana, que cuando lleguemos allá arriba (señalando el cielo), nos recordarán esto...". Yo les sonreí, y dándoles un abrazo, les dije: "Allí nos encontraremos".

La historia de este Jesús continúa. Después de un tiempo fue acogido en el hogar de ancianos, y cuando lo visitamos, nos recibe con cariño, y feliz de saber que hay gente que le quiere y se lo ha demostrado. Está lindo, sin gusanos, bien afeitado y caminando bien.

Doy gracias a los Sagrados Corazones por toda la gente buena que ha colaborado para que nuestro hermano Damasio crea en el amor que nuestro Dios le tiene, y doy gracias al Señor por su misericordia conmigo, porque me dio esta oportunidad de encontrarle en el que sufre y está abandonado.